El Bulli y La Cocina Experimental

La cocina experimental siempre me ha parecido una tontería pero, tras el cierre del restaurante El Bulli y escuchando atentamente los argumentos de quienes lloran su pérdida, he comprendido que la necia era yo. Esos grandes platos con diminutas porciones tan finas, tan bien elaboradas, tan exquisitamente presentadas… ¿Cómo he podido pensar yo, inculta mortal de a pié, que era comida para panolis? La labor de su máximo exponente, Ferrán Adriá, es tan destacable que la revista Times lo incluye entre los 100 hombres más influyentes del mundo. ¡Y yo cuestionando el invento!

Tengo que reconocer que, al principio, mis tres únicas neuronas bailaban en mi cerebro dándose golpes contra el muro de mi ignorancia, pero es porque no estaba documentada. Ahora sé, por boca de quienes han tenido el privilegio de comer en El Bulli, que hacerlo es “una experiencia sensorial e inolvidable”. Dada la grandeza de esas creaciones de alta cocina, cuya degustación parece ser que sólo es comparable a un orgasmo, me pregunto: ¿Cómo ha podido la humanidad vivir sin Espumas de Humo, Aceitunas Escenificadas y Piruletas de Azafrán y Pistacho?. ¡Al cuerno la paella, el cocido y la tortilla de patatas!

Es cierto que comer en El Bulli era un poquito más caro que hacerlo en La Fuente San Jaime, que es el merendero de mi pueblo, donde hacen unas paellas que, hasta que he visto la luz, me parecían un manjar de los dioses. Ahora veo claramente que es incomparable el deleite de recrear en nuestro paladar las mágicas sensaciones de una aceituna escenificada, con la horterada de masticar una aceituna barriobajera y que encima lleva hueso. ¡Por favor! Me avergüenza haber sido hasta hoy una más de ese colectivo, burdo y patán, de los que llenan el plato hasta los bordes con guisado de garbanzos. Estoy desolada con la idea de que El Bulli haya cerrado definitivamente sus puertas, sin tener la oportunidad de haber sido una de las elegidas.

 Algunos  dirán que los precios eran desorbitados, pero yo no lo creo. Para ser justa y pensándolo bien, 400 €, que era el precio medio del menú, es hasta económico, si tenemos en cuenta el duro trabajo realizado en las cocinas para llegar a conseguir la espuma de humo, que convertir el humo en espuma no es ninguna tontería. Sólo me tranquiliza saber que El Bulli no deja de existir del todo porque hoy ya es una fundación que dedicará su esfuerzo a crear, investigar y divulgar. ¡Menos mal!

Y, ahora, dejando la ironía a un lado, no puedo comprender como hay gente capaz de pagar semejantes cantidades por degustar diminutas porciones de comida, por muy bien presentadas que estén. Me viene a la mente el cuento del vestido del rey. Estaba “hecho” de un tejido que no existía, pero como le habían dicho al pueblo que sólo podrían verlo las personas inteligentes, aunque nadie veía nada, todos alababan su belleza, incluso el propio rey. Para decir la verdad había que estar despojado de prejuicios, por eso fue un niño el que dijo: “El rey va desnudo”. Algo así creo yo que les sucede a quienes defienden encarecidamente y elevan a categoría de arte, la cocina experimental.

Es curioso, y creo que para reflexionar, el hecho de que en  los países que se autodenominan “desarrollados” se deje de comer por cuestiones de estética o se coma “humo” para tener nuevas experiencias y formar parte del elitismo social. Experiencia “sensorial e inolvidable” debe ser un plato de arroz cada día para los millones de personas que en el mundo no tienen nada que llevarse a la boca. Creo que la cocina experimental, se llame Bulli o de cualquier otro modo, es un insulto más para las gentes  del planeta que carecen de todo y se mueren de hambre.

  Estoy a punto de caer en la tentación de desear que a todos aquellos que se han deleitado con tan excelentes manjares les de un vuelco la vida y tengan mañana 800 € para pasar el mes o que en una próxima reencarnación nazcan en África o en la India, pero no voy a hacerlo porque no quiero ser tan mala. ¿O sí?

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